martes, 20 de diciembre de 2016

La escritura y la diferencia (una interpretación del pensamiento de J. Derrida)



     La prime­ra impre­sión que tuve al leer a Derrida fue la de perplejidad. Y desde mi per­plejidad pude vislumbrar otra perpleji­dad más profunda y espesa. Abar­cante. Sin lími­tes ni esperanzadores atisbos de posible domi­nio, control, compren­sión o simple re­construcción de lo leído o, en su caso, de lo escrito[i]. 

     Una perplejidad omnipresente y ridículamente (me refiero a mi perplejidad), repito, ridículamente diferenciada de todo intento, por útil o inútil e incluso por natural que sea, de permanecer en el seno de un análisis, sospechosamente cons­tructivo, del sentido y del significado de la escritura, de su escritura, <<... el escribir despierta el sentido de voluntad de la voluntad: libertad ruptura con el medio de la historia empírica a la vista de un acuerdo con la esencia oculta de lo empírico, con la pura historicidad. Querer-escribir y no deseo de escribir, pues no se trata de afección sino de libertad y de deber>>[ii].


     Carácter ilimitado de la evidencia. Un asentimiento en bloque del saber cual abrupto terminar. Y un saber aislarse del no saber para excluir lo excluido fuera de lo acabado.

     Ciertamente, el saber humano es finito, porque como bien muestra Derrida, se asienta no definitivamente.
    
     ¿Pretende Derrida sorprender a la escritura; sorprender a la Metafísica; sorprender a la Historia; sorprenderse a sí mismo; sorprender al conocimiento en general, o simplemente no puede dejar de suponer un principio, por ambiguo, disemi­nado o (e) inconcreto que éste sea?: <<Si la ausencia es el alma de la pregunta, si la separación no puede sobrevenir más que en la ruptura de Dios - con Dios, si la distancia infinita de lo Otro[iii] sólo es respetada en las arenas de un libro en el que la errancia y el espejismo son siempre posibles, entonces Le livre des questions es a la vez el canto intermi­nable de la ausencia y un libro sobre el libro>>[iv].

     Un termi­nar el saber para librar­nos de la paradoja de la contradic­ción entre lo último y la inercia. Un inacabamiento. El mismo informula­ble problema del principio. La incompare­cencia del principio. El inacabamiento del lugar de dicha incomparecen­cia, que no es otra cosa que la evidencia del principio.

     Pero Derrida quiere ir más allá de la pura intencionali­dad y llevar el pensamiento, o su escritura, hasta el límite de su significación cognoscitiva, en condiciones tales que, al detectarlo (me refiero al límite) pueda, en ese mismo acto intelectivo, abandonarlo, <<... y la Nada -como el Ser- únicamente puede callarse y ocultarse>>[v].

     Derrida socava sin compasión la peculiar unidimensiona­lidad del sinsentido lógico, o lo que es lo mismo, del sinsentido lingüístico, pues homogeneiza todos los predicados que caen bajo su poder (de voluntad, pues no puede ser de otra manera) y que él utiliza para dotarlos de una cierta significación y, por tanto, afirmarlos como existentes. 

     Realidad que se asemeja a la singular determinación de lo estrictamente finito en cuanto que es una estructura del lenguaje, por supuesto, histórica, dado que de alguna manera depende del tiempo. Tratando de afirmar su posición como necesaria, cuando no es más que un significado, un sentido, una determinación, quizá a-temporal, o in-temporal, o simplemente circuns­tancial (puede ser), aunque es indudable (¿quién puede discutirlo?) que está inmerso en el tiempo (¿cómo sino podría ser?) y a merced de cualquier juicio, de cualquier crítica, de cualquier lector, de cualquier observa­dor. Del silencio[vi]. 

     Pues únicamente es en el silencio absoluto donde no se interrumpe la voz de Dios. El silencio, que permite que la voz de Dios se oiga. Sólo por el silencio el hombre es capaz de escuchar a Dios y, en consecuencia, de escucharse a sí mismo (¿qué diferencia esencial hay entre UNO y OTRO?) y observar, muy a pesar suyo, la inoperancia encade­nada, encadenante y desencadenada del pensamient.

     Moviéndome entre la sorpresa y la desorientación intento descubrir y encontrar la eficacia de esta perplejidad y no puedo dejar de pensar que, precisamente, estriba en que no se pueda salir de ella, en que no hay formulación subsi­guiente válida: más allá de la perplejidad no significa nada. La incongruencia de la perplejidad se corresponde con su permanencia; se corrompe en su propia permanencia. Matización intelectual en la que el ligamen con su identidad (la de permanecer en su permanencia) es una redundancia cognoscitiva pertinente respecto de su ser principal, que no es otro que el de simple permanecer.

     Orgía desmedida, sistemáticamente provocativa, locura hiperbólica de la supuesta y sugerente estructura finita de un logos, relativamente egocentrista, comprometidamente absoluta, arriesgadamente absoluto. Violenta explosión de posibles significados, por verosímiles o inverosímiles que parezcan. Agresiva reafirma­ción de los diferentes sentidos que devienen de todos esos significados y que no son distin­tos sino diferentes; diferen­tes formas de significar lo mismo, de mostrar la profunda relación que hay entre uno y otro. <<La diferencia entre[vii] el exceso absoluto (...) y la razón que está más loca que la locura>>[viii], aunque esté más cerca del sentido; aunque esté más allá del ser y entre el no-ser. Aunque sea unívocamente determinada por <<la sinceri­dad, que es la simplicidad>>, pero que nunca puede ser mentirosa por ser precisamente simple, cuando la mentira, de suyo, es múltiple, contraria y contra­dictoria consigo misma. 

     Construcción de un mundo congnoscitivamente significati­vo por medio de un baile monoaural, reiterativo, monótono, circular, específicamente gradual y ascendente hasta encon­trar lo buscado: significado de lo reiterativamente señalado, designado. Desmedida espiral concentrada en la predeterminada progresión de lo aparentemente diseminado, donde lo persegui­do se diluye en la presunción de lo logrado y el objetivo se pierde en la transfiguración presuntamente destructiva de las distintas, que no diferentes, interpreta­ciones al uso. 

     Despiadada reconstrucción de las formas endemoniadas de la sinrazón, hasta alcanzar la plenitud de la significativi­dad pura antes de perderse premeditadamente en la exageración de la calificación deseada, encontrada y recortada a su medida para que sea capaz de decir algo, o nada, o todo; o casi todo, o casi nada, pero lo dice y queda escrito:

                        <<Si la negatividad (trabajo, historia, etc.) no contiene jamás relación con lo otro, si lo otro no es la simple negación de lo mismo, entonces ni la separación ni la tras­cendencia metafísica se piensan bajo la categoría de la negatividad. De la misma manera que (...), la simple concien­cia inter­na no podría, sin la irrupción de lo total­mente otro, darse el tiempo y la alteridad absolu­ta de los instan­tes, así también el yo no puede engendrar en sí la alteridad sin el encuentro del otro>>[ix].

     Originaria identidad en la que se crea la libertad. Distinguiéndola entre el núcleo del otro y su propia libertad creada, tanto la de uno como la del otro. Libertad creada y por ello irreducible a la no contradicción, irreducible a la causa de su misma identidad. Identidad de la no-presencia del otro que no es ausencia, ni oscuridad, ni vacío, sino simple carencia de evidencia o simple sencillez de la afección aun siendo antes de cualquier manifestación:

                    <<Comunidad de la no-presencia, en conse­cuen­cia de la no-fenomenalidad. No comunidad sin luz, no sinagoga con los ojos vendados, sino comunidad anterior a la luz platónica. Luz antes de la luz neutra, antes de la verdad que se presenta como tercera (...). Lo otro, lo completamente otro sólo puede mani­festarse como lo que es, antes de la verdad común, en una cierta no-manifesta­ción y en una cierta ausencia. Sólo de él puede decirse que su fenómeno es una cierta no-fenome­nali­dad, que su presencia (es) una cierta ausen­cia. No ausencia pura y simple, pues la lógica acaba­ría así volviendo a arreglar sus cuentas, sino una cierta ausen­cia>>[x].

     Los conceptos no se retrotraen, y aún así parece que su perspectiva epistemológica no puede encontrar una correcta realización.

     Derrida es deliberadamente inverosímil, y por ello mismo consigue salvar la elíptica, por vaga y pretendida, ilusión con la que nos enfren­tamos a su escritura. 

     En efecto, con algo que se parece mucho a la nada Derrida ha conseguido construir un complejo sistema (¿méto­do?) de análisis. Estructurado desde el cero, que es neutral, hasta la más acertada representación intelectiva de los conceptos utilizados desde siempre, logrando una reconstruc­ción sistemática de lo posible en tanto que probable, por inseguro. Y de lo seguro, por incuestionable: <<Diferencia entre la filosofía como poder de aventura de la cuestión misma y la filosofía como acontecimiento o giro determinados en la aventura>>[xi]. 

     Es la diferencia que hay en la escritura, en tanto que escritura, o en la escritura en tanto que significado. 

     Es la búsqueda de conceptos generales fijos y vacíos; o la de representaciones intelectuales expresadas en términos de un lenguaje que aparentemente es fenoménico, intencionada­men­te descriptivo, profundamente analítico y globalmente complejo. 

     Anatomía lingüística; metafísica biológica. Religión sin dogmas ni tradición ni ritual. Pensamiento contraído en la soledad más sola y necesitado de comunicación, aunque sea sin el otro. Pensamiento que es palabra. Soledad sin pensamiento, que es sin otro. Pensamiento que es y que no necesariamente necesita ser. Pero es, a pesar de todo. Pensamiento que no tiene por qué ser cognición. O cognición que todavía no ha encontrado su pensamiento, o el pensamiento del otro[xii]. O nuestro propio pensamiento, que sigue preso, como en todo tiempo, de un cierto sentimiento de dualidad (sujeto-objeto; ser-nada; bueno y malo; uno y otro ...).

     Sin embargo, Derrida intenta lo imposible: saltar sobre la sombra de la mismísima división para captar la propia fundamentación, fundamentalidad, que nos envuelve: <<lo otro no es lo otro más que si su alteri­dad es absolutamente irreducible, es decir, infinitamente irreducible; y lo infinitamente Otro sólo puede ser lo Infinito>>[xiii]. Aunque, tal vez, la única diferencia que es posible encontrar en lo otro (o en lo uno, pues no encuentro diferencia esencial alguna sino sólo semántico-sintáctica, formal, diacrónica, y en última instancia, funcional), sea la diferencia que existe entre lo que es (tanto lo uno como lo otro), es decir, él mismo (uno u otro), y lo que se piensa que es, esto es, su idea.

     ¿Pretende Derrida explicar la diferencia de lo UNO y de lo OTRO; la diferencia en la unidad de Hegel, o la identidad inamovible en que la diferencia se reconoce como otro igual a sí mismo? 

     ¿Su especulación articula la diferencia en la unidad, la identidad en lo diferente, la diferencia de la(s) identida­d(es), o de la mismidad, de la ipseidad, de lo uno o, por qué no, de lo otro, o es propia de la época a la que pertene­ce, configu­ra­da por el carácter simple y a la vez complejo de la sociedad predeterminada en los últimos tiempos por las fundamentaciones ambiguas, a fuerza de querer ser rigurosas y complejas al par que analíticas, buscando lo incondicionado de cualquier complicado significa­do atribuido a lo dicho, o a la escrito, incluso a lo no pensado pero supuestamente sugerido como un abanico de múltiples posibili­dades de realización para concederle la mera virtualidad (que realmen­te puede acontecer) de ser interpretado, critica­do, enjuicia­do, en definiti­va, recons­truido, después de haber sido desperdigados (diseminados), de-construidos todos los conceptos o represen­taciones intelectivas, incluso aquellas partes que componen y configu­ran dichas representa­ciones (para conjugar de modo más regular los conteni­dos de los tiempos, no sólo verbales, concebidos y así poder alcanzar, com­prender, el significado deseado), para recogerlas con cierta desidia, metódicamente sistemati­zada, con cierta lógica presumiblemente establecida desde el principio, dirigida y afortunadamente autocontrolada, para que cualquie­ra conju­gue (de nuevo), no sin cierta dificultad inherente al objeto de estudio en cuestión, de modo más o menos regular, los conteni­dos de los significados concebidos, estructurados, sin poder saber con exactitud si se correspon­den o no con la realidad, cualquiera que ésta sea, real o imaginaria?

     ¿Quiere decir Derrida que la unidad y lo infinito son diferentes o son dos conceptos (nombres) distintos para un mismo significado? ¿Acaso la nada tiene entidad, el ser indeterminación y (o) la evidencia inconsistencia? ¿Todo. Absolutamente Todo, se define como libertad y espíritu; como esponta­neidad pura y pura energía unificadora (Hegel); implicación mutua entre la objetividad y la subjetividad: Persistente vincula­ción de lo que fue, de lo que es y de lo que debería ser, como único modo de conocer, de saber, de acceder al ser?

     ¿Cuáles son las estructuras significativas que laten en el seno de los conceptos que utiliza Derrida, que se alejan y se pierden y, de súbito, vuelven a aparecer para determinar definitivamente el sentido de lo que quiere decir, de lo que queda escrito? 

     El modelo de Derrida parece ser fundamentalmente metodológico, a su manera, claro está. 
   Sería necesario alcanzar la profundidad radical de su altura, para que la totalidad percibida y el conocimiento (¿pensamiento?) que la percibe se fundiesen en una misma unidad (¿qué hay antes que la unidad?), a la que, tal vez, se podría calificar de originaria, por ser (lógicamente, existencialmente ...) anterior a todo lo demás. 
     En rigor, no hay más diferencia que la que uno u otro, quiera poner. La dificultad reside en saber exactamente cuál es el significado de ese uno o de ese otro, si en sí mismo o en otro, porque siempre es él mismo, o el mismo[xiv]. ¿Qué diferencia hay?

     Aquí se nos revela, a mi entender, uno de los aspectos más característicos de la actitud de Derrida: la primacía de la acción (la escritura), sobre la diferencia; porque es en la escritura donde saborea, saboreamos, con plenitud la explicación determinante del sentido último-primero, de la diferencia, esencializando más y más el punto de partida, en hacerlo más radical, más independiente, más absoluto, o mejor dicho, más absoluto-relativo . Se trata de llegar al comienzo absoluta­mente primero del filosofar mediante la reducción a la ausencia absoluta de presupuestos y el conveniente establecimiento de los métodos de acceso a los distintos planos del conocer: el comienzo del comienzo, la posibilidad pura, la reflexión total, el inicio del inicio o <<el regreso fundamental>> (como diría Husserl). La pura identidad de los contrarios. La semejanza de lo des-semejan­te. 

     Se trata de un titánico esfuerzo hacia la interioridad pura del pensamien­to, para lograr la posición del acto teorético primero sin presupuesto alguno. Intencionalidad primigenia plena de derroche cognoscitivo y por lo mismo significativo. 

     Identificación científica y especulativa, analítica y sintética; presumiblemente cierta, ocasionalmente provisio­nal; experimentalmente especulativa, no reiterativa:

                              <<Lo furtivo es fugaz pero es más que lo fugaz. Lo furtivo es -en latín- el estilo del ladrón, que tiene que actuar muy deprisa para sustraerme las palabras que yo he encon­trado. Muy deprisa porque tiene que deslizarse invi­si­blemente en la nada[xv] que me separa de mis palabras, y hurtár­melas antes incluso de que yo las haya encontrado, para que, una vez que las haya encontrado, tenga yo la certeza de haber sido despojado de ellas ya desde siem­pre. Lo furtivo sería, así, la virtud de desposeer que sigue hundiendo la palabra en el substraerse de sí>>[xvi].

     ¿Son las ideas lo mismo que sus signos?  ¿Son sus ideas igual que su pensamiento? ¿Cuáles son los usos lingüís­ticos de Derrida? ¿Escribe para que se le entienda, o para que se le juzgue, o para ambas cosas a la vez; o para que se le interprete, se le critique, se cree, se re-construya, ... ? ¿Qué relacio­nes hay entre sus ideas y entre sus signos y entre ambos a la vez? 

     ¿Está Derrida a caballo entre el existencialismo de Sartre y la fenomenología, como método, de Husserl o es simplemente un fugaz intento de idealismo? 

     Es, tal vez, la búsqueda racional sin ser plenamente ilustrada de una posible significación en la implicación directa e inmediata, en la íntima vinculación de los contra­rios, para encontrar un significado distinto que defina correctamente lo que siempre se ha buscado:

                       <<No es gracias a la escritura sino entre dos escrituras como había podido insinuarse la dife­rencia furtiva, poniendo mi vida al margen y convirtiendo su origen, mi carne, en el exergo y el yacente sofocado de mi discur­so. Era necesario, por medio de la escritura hecha carne, por medio del jeroglí­fico tea­tral, destruir el doble, borrar la escritura apó-crifa que, al sustraerme el ser como vida, me mantenía a distancia de la fuerza oculta. Ahora el discurso puede alcanzar su nacimiento en una perfecta y permanente presencia en sí>>[xvii].

     El contenido especulativo de Derrida es ingente, enorme, en último término, inabarcable. Es la medida de la incerti­dumbre por recibir tantos y tantos mensajes[xviii] o conjunto de mensajes, o simples contenidos especulativos (nada más y nada menos), aunque no exprese todo lo que se quiera dar a enten­der, sin que por esto deje de ser bien comprendida su intención. Es el arte de formar, de inventar, de fabricar conceptos. Es el arte de crear conceptos siempre nuevos. Conceptos que se extienden hasta el infinito, y más allá. Nunca creados a partir de la nada. Es el acontecimiento puro, el acontecimiento de Otro[xix]. Absoluto y relativo a la vez. Total y fragmentario. Real sin ser actual, ideal sin ser abstracto... Autorreferencial en la medida en que se plantea a sí mismo y plantea su objeto al mismo tiempo que es creado[xx]. Evidente conocimiento, pero conocimiento de uno mismo, y lo que conoce, es el acontecimiento puro, que no se confunde con el estado de cosas en el que se encarna. 

     Pensamiento que reivindica el movimiento infinito o el movimiento del infinito o de lo infinito, o de lo que constituye la propia imagen del pensamiento. <<Podría ser lo no pensado en el pensamiento>>[xxi]. Conceptos que remiten más allá de sí mismos a una profundidad última que los hace posibles y los sostiene. Es <<la trasgresión de la metafísi­ca por ese <<pensar>> que, (...), todavía no ha comenzado (...). Cuestión de nuevo, y siempre, implicada cada vez que una palabra, protegida por los límites de un campo, se deje provocar de lejos por el enigma de carne...>>[xxii]. 

     El enigma de la presencia que es conciencia. Enigma de la prefiguración pronominal del sentido, que no es más que una provocación de la escritura. De la escritura propia, y de la escritura que Derrida suscita por su lectura; de la diferencia que separa a la palabra (su palabra) de la lectura (mi lectura). Palabras muertas después de haber sido escri­tas. Palabras vivas mientras se las está leyendo:

                       <<No hay, en general, texto presen­te, y ni siquiera texto presente-pasado, texto pasado como habiendo sido presen­te. El texto no se puede pensar en la forma, originaria o modifica­da, de la presencia. El texto incons­ciente está ya tejido con huellas puras, con diferen­cias en las que se juntan el sentido y la fuerza, texto en ninguna parte pre­sente, constituido por archivos que son ya desde siempre transcripcio­nes. Lámi­nas originarias. Todo empieza con la reproduc­ción...>>[xxiii].

     Lo que desearíamos retener de la experiencia de su lectura es la diferencia profunda que separa a la palabra que expresa directamente su pensamiento de la que comunica el contenido de su escrito para reencontrar su pensamiento en la escritura. Para remontarnos del acto de leer al acto de escribir. La escritura se convierte entonces, si no en una necesidad absoluta, por lo menos en una práctica inevitable; en un comienzo de análisis gramatical y lógico, especulati­vo, no sólo descriptivo, sino también deseo de creación. Al escribir­se, el pensamien­to define por sí mismo su propio sentido, sabe <<lo que quiere decir>>; sabe lo que dice y sabe <<hacerse comprender>>; se da a sí mismo la prueba en cierto modo material, de que las palabras que usa definen sin ambigüedad ni equívoco el sentido que se propone comunicar.

     No sé si me equivoco al decir que las acrobacias conceptuales (¿verbales?) más libres de Derrida, que nadie, pienso, crearía de otra manera que no fuera escrita, siguen siendo siempre, o al menos la mayoría de las veces, percibi­das por el lector como improvisaciones de gran profundidad. Escribe lo pensado tal y como lo ha pensado:

                    <<La palabra y su notación -la escritura fonéti­ca, elemento del teatro clásico-, la palabra y su escritura no quedarán borrados de la escena de la crueldad más que en la medida en que preten­die­ran ser dictados: a la vez citas y recitacio­nes y órdenes>>[xxiv].

     La frase perfecta se impone al espíritu como una estructura cuyos elementos, en sí mismos y en su orden, manifiestan una estricta necesidad. Esto es lo que el filósofo quería al escribirlas. Mientras se siente la presencia del autor es que las palabras continúan vivas. Son fabricaciones del espíritu para el espíritu. Son fabricacio­nes de lo uno para lo otro. La afirmación del reino de la posibilidad como esfera de las esencias puras. Momento dialéctico, homogéneo, racional, indeterminado, pleno. Esencia del no-ser. Indeterminación de lo supuestamente material. Limitación considerada fuera del orden esencial, capaz de instaurar la negación en su interior. Substrato material extrínseco a la razón. Momento del proceso de realización de lo inteligible. No cambio. No condición. No espíritu indeterminado. No elección. Puro posible racional. Auténtico escenario de lo que fue, de lo que es y de lo que será. 

     No estoy seguro de que su autor haya querido darles un sentido análogo, pero estos versos me parecen a propósito para expresar lo que ahora quiero decir:

<<Aquí tenéis palabras encontradas
En horas de hablar claro y lo bastante,
Cuando creció la luz y era importante
Vivir en alta voz. Están guardadas
En libros que la gente ya no quiere,
Y afirman los designios que tuvieron
Los hombres que miraron y supieron
Encontrar una vida que no muere.
Y nosotros las vemos, las decimos
En el silencio. Luego nos callamos.
Escrito quedará lo que escribimos,
Para la paz nosotros meditamos>>[xxv].
















NOTAS:




     [i]<<La sinceridad, que es la simplicidad, es una virtud mentirosa. Por el contrario, hay que conseguir llegar a la virtud de
               la mentira>>. Derrida, J.: La Escritura y la Diferencia. Anthropos, Barcelona, 1989, pág. 94.
     [ii]Ibíd., pág. 23.
     [iii]Me pregunto quién es ese Otro y cuál es la distancia in­finita de ese Otro.
     [iv]Derrida, J.: La Escritura y la Diferencia. Anthropos, Barcelona, 1989, pág. 95.
     [v]Ibíd., pág. 95.
     [vi]Ibíd., al final de la página 80 (<<En la medida en que, en la duda y en el Cogito
              cartesiano,...>>.) y sg.
     [vii]El subrayado y el adverbio es mío. En el original aparece escrito en lugar de entre, <<del>>.
     [viii]Derrida, J.: La Escritura y La Diferencia. Anthropos, Barcelona, 1989, pág. 88.
     [ix]Ibíd., pág. 128.
     [x]Ibíd., pág. 123.
     [xi]Ibíd., pág. 109.
     [xii]Ibíd., pág. 132 y sg. Acertada crítica la que hace a Levinas: <<... El pensamiento neutro del
      ser neutraliza al otro como ente...>>. Y yo me pregunto: ¿De qué ser? ¿Del SER, o del ser de 
      los seres, o del ser siendo? ¿Por qué el pensamiento del ser es neutro y no simplemente
      pensamiento? ¿Qué es lo que de común tienen el pensamiento, la ontología y la tiranía del   
      Estado, no relacionadas unas con las otras, sino todas a la vez? ¿Cómo es posible determinar un 
      hombre sin humanidad; un árbol sin ser vegetal, un ser sin existir o un Dios que no es divino?
      Repito: acertada crítica la que hace de Levinas.
     [xiii]Derrida, J.: La escritura y la Diferencia. Anthropos, Barcelona, 1989, pág. 140.
     [xiv]Ibíd., págs. 157, 160, 167, 168, 171 ...
     [xv]El subrayado es mío.
     [xvi]Derrida, J.: La Escritura y la Diferencia. Anthropos, Barcelona, 1989, págs. 243-244.
     [xvii]Ibíd., pág. 267.
     [xviii]Es raro que no aparezcan en cada página dos o tres de esos mensajes.
     [xix]Derrida, J.: La Escritura y la Diferencia. Anthropos, Barcelona, 1989, págs. 107-211.
     [xx]Pássim
     [xxi]Deleuze, G., y Guattari, F.: ¿Qué es la Filosofía?, Anagrama, Barcelona, 1993, pág. 62.
    [xxii]Derrida, J.: La Escritura y la Diferencia. Anthropos, Barcelona, 1989, pág. 270. El subrayado es mío.
     [xxiii]Ibíd., pág. 291.
     [xxiv]Ibíd., pág. 328.
   [xxv]Badosa, E.: Balada para la paz de los poetas, en <<Poesía española contemporánea>>. Barcelona, Plaza y Janés, 1966, pág. 541.

 BIBLIOGRAFÍA:

1. BADOSA, E.: Balada para la paz de los poetas, en <<poesía española contemporánea>>. Plaza y Janés, Barcelona, 1966.
2. DELEUZE, G. Y GUATTARI, F.: ¿Qué es la Filosofía­? Anagrama, Barcelona, 1993.
3. DERRIDA, J.: Espolones (los estilos de Nietzsche). Pretextos, Valencia, 1981.
4. DERRIDA, J.: La Escritura y la Diferencia. Anthropos, Barcelona, 1989.
5. PERETTI, C. de: Jacques Derrida: Texto y Deconstrucción. Anthropos. Barcelona, 1989.

No hay comentarios:

Publicar un comentario